Después de años de freno a la industrialización y de pauperización de las condiciones de vida de los argentinos, con el estallido de 2001 y la salida de la convertibilidad, la crisis parió al “cuidacoche”, al “lavaautos”, al “limpiavidrios” o simplemente al “trapito”. Un grito de desesperación para llenar la olla. Una changa de emergencia en un país que estallaba. Pasaron 25 años. Lo que empezó como una changa desesperada mutó en una industria de la extorsión que el Estado, por comodidad o ceguera ideológica, dejó crecer.
Hace unas semanas, Viviana, que tiene una óptica en el Centro Comercial Fisherton, me contó que un cuidacoche le había rayado su auto, por el que había ahorrado por años para poder comprarlo, al negarse a pagarle en plena tarde y a la vista de todos. También me llegó un mensaje directo de Jimena, que vive por Pellegrini cerca del Parque, que no puede estacionar con tranquilidad en la puerta de su casa para llevar a sus pibes al club sin que vengan a cobrarle por un espacio que es público.
Historias como estas me llegan muchas, y también las tiene cualquiera que maneje un auto por la ciudad. Seguramente vos que estás leyendo te acuerdes inmediatamente de alguna experiencia incómoda en dos segundos. Anécdotas con trapitos que hicieron que modifiques conductas: que cambies de recorrido para ir a visitar a tu familia, que tengas que acompañar a tus hijas a estacionar para que no pasen un mal momento.
No fui yo el que decidió que esto fuese un problema: es algo que se replica en cada barrio de la ciudad, y en toda la provincia. Sólo hay que escuchar. Todas estas historias siempre terminan igual: sin denuncia, sin expediente, sin esperar nada de nadie. Y eso es lo más grave: no la agresión, sino la naturalidad con que la contamos. La impotencia convertida en paisaje.
Esto ya pasó antes, no es una novedad ni rosarina ni argentina. Existen casos de los que podemos aprender. En los noventa Nueva York era un desastre. No hablo del crimen organizado: hablo de lo cotidiano. En cada semáforo había un tipo con un trapo mojado que te llenaba el parabrisas de agua sucia sin preguntarte, y después te golpeaba la ventanilla para cobrar. Eran el símbolo de una ciudad que había decidido que así eran las cosas. Nadie hacía nada. Hasta que dos criminólogos, Wilson y Kelling, pusieron una idea en palabras simples: si una ventana rota no se arregla, pronto todas las ventanas del edificio van a estar rotas. El desorden que se tolera es una invitación a más desorden.
Los trapitos en Santa Fe son nuestras ventanas rotas. Se instalan sin autorización en Rosario, en la capital, en las ciudades del cordón industrial. Ofrecen un servicio que nadie pidió. Cobran bajo intimidación. Si no pagás, te levantan el espejo, te rayan el auto, te insultan.
Mañana, en la Legislatura provincial se va a tener sobre la mesa un proyecto de ley que nació escuchando, no en un despacho. Una herramienta legal estructurada en tres ejes: una prohibición concreta, penas progresivas, y programas de reinserción con abordaje de adicciones. Porque esto no va de estar en contra de alguien. Va de estar a favor de la provincia que queremos.
No estamos hablando de un tema menor. Estamos hablando de qué tipo de provincia queremos. Cada esquina tomada por un trapito es un mensaje: acá no hay Estado. Cada espejo levantado es una ventana rota que el sistema político elige no arreglar. Y cada ventana rota que no se arregla es un permiso para romper la siguiente.
El tamaño del problema: 873 cuidacoches identificados solo en Rosario durante 2024. Casi 180 más censados en la capital. Sin contar el resto de la provincia, ya superan los mil. En la ciudad de Santa Fe, el Sistema de Atención Ciudadana registró 1.154 reclamos por cuidacoches en apenas seis meses de 2025. No es un fenómeno aislado: es una red que cubre la provincia entera.
La aceleración: en 2024, la policía y el municipio demoraron 105 cuidacoches en Rosario. En 2025 se duplicó: 202. En solo el primer semestre ya habían superado todo el año anterior. Y en lo que va de 2026, 39 traslados más solo en la capital en enero y febrero. Sin ley provincial, la curva no baja: se acelera.
Tres llamadas por día al 911. Eso son las 175 denuncias vinculadas a cuidacoches en enero y febrero de 2026. Recursos de emergencia destinados a un tema que hoy ni siquiera es contravención provincial. Sin ley, los municipios enfrentan esto con las manos atadas.
Este proyecto no es de un partido. No es de un senador. Es la ley que construimos escuchando a las santafesinas y a los santafesinos. Viene con consenso de casi todos los bloques en el Senado y también en Diputados, donde diputadas y diputados elaboraron un proyecto espejo en articulación con el nuestro.
Le pido a cada legislador que piense en su madre, en sus hijas, en sus hijos, estacionando sola de noche. Con miedo. Con un tipo parado al lado del auto. Que piense en eso y que mañana, cuando le toque votar, recuerde que no está votando una norma técnica: está decidiendo si Santa Fe arregla la ventana o la deja rota.
Tenemos la herramienta. Tenemos el consenso. Tenemos las voces de la provincia entera pidiéndolo. Solo falta el voto.
Si no podemos con los trapitos, ¿contra qué vamos a poder?
