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La pérdida de los valores en la agenda pública: un análisis de la ética social

La columnista Susana Pozzi reflexiona sobre la erosión de los límites éticos en la sociedad, a raíz de las recientes polémicas en la agenda pública.

Por Susana Pozzi

Esta semana la agenda pública volvió a estar atravesada por denuncias, acusaciones, defensas y polémicas. Más allá de los nombres propios, la pregunta que surge es si se está perdiendo de vista una discusión más profunda.

Cuando se escucha una noticia sobre un funcionario, un empresario, un sindicalista o una figura pública, la primera reacción ya no es preguntarse si algo está bien o mal. La pregunta suele ser otra: ¿me conviene políticamente creerlo? ¿Es de los míos o de los otros? ¿Perjudica a mi espacio o beneficia al contrario?

Cuando la discusión se organiza de esa manera, la ética deja de ser un principio para convertirse en una herramienta de conveniencia. Esto no queda solamente en la política, sino que se filtra en toda la sociedad.

Si se justifica cualquier conducta porque el resultado gusta, se termina enseñando que los fines siempre justifican los medios. Cuando eso ocurre, se baja la vara: primero para los dirigentes, después para las instituciones y finalmente para uno mismo.

Una escena simple ayuda a entenderlo: un padre le dice a su hijo que no mienta, pero el chico escucha cómo el adulto inventa una excusa para evitar una responsabilidad. Una docente enseña la importancia del respeto a las normas, pero ve que quienes ocupan posiciones de poder parecen no estar obligados a cumplirlas. Un vecino paga sus impuestos y cumple las reglas, pero siente que otros viven permanentemente encontrando atajos.

Las sociedades aprenden mucho más de los ejemplos que de los discursos. Hace algunos años, el filósofo italiano Norberto Bobbio afirmó que la democracia no depende solamente de las leyes, sino también de las virtudes cívicas de quienes la integran.

No se trata de pedir perfección. Todos los seres humanos cometen errores. Se trata de conservar la capacidad de distinguir entre lo correcto y lo incorrecto. Una sociedad puede atravesar crisis económicas, conflictos políticos o momentos difíciles. Lo que cuesta muchísimo recuperar cuando se pierde es la confianza.

La confianza nace de la certeza de que todavía existen límites. Quizás el verdadero problema no sea que existan personas que crucen ciertos límites. El problema empieza cuando la sociedad deja de considerar importantes esos límites.

Tal vez la pregunta más importante no sea qué dirigente tiene razón y cuál no. Tal vez la pregunta sea: ¿qué tipo de conductas estamos dispuestos a aceptar como sociedad? Los valores no desaparecen de golpe. Se erosionan lentamente, cada vez que se dejan de considerar importantes. Cuando eso ocurre, no pierde solamente la política. Perdemos todos.

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