La escritora y tallerista, ganadora en 2001 del Premio Juan Rulfo, relata cómo su primer libro de cuentos, Al borde, surgió durante los viajes nocturnos en el tren Roca. Con una trayectoria marcada por premios internacionales y una limitada difusión editorial en Argentina, Massolo continúa escribiendo y coordinando talleres.
La escritora y tallerista Laura Massolo, ganadora del Premio Juan Rulfo en 2001, contó que su primer libro de cuentos, Al borde, fue escrito durante los viajes en el último tren Roca, el de las 0:40, que la dejaba en la estación de Adrogué y desde donde debía completar el regreso a su casa en Turdera en remise.
Massolo relató que, tras asistir a talleres en la SADE con su maestra Liliana Díaz Mindurry, caminaba hacia Constitución con una urgencia cronometrada para alcanzar ese servicio con destino a Glew. En ese vagón nocturno, con un mundo oscuro tras las ventanas opacas, nació su primer libro de cuentos: Al borde, una obra gestada en esa orilla vaga que separa un día del otro.
La elección del título no fue una casualidad metafórica, sino un reflejo directo de la atmósfera de aquel viaje. Para Massolo, sus personajes habitan ese filo porque fueron creados, como escribió Homero Manzi: con “el misterio de adiós que siembra el tren”.
De ese punto partieron sin pausa premios nacionales e internacionales. Tiene entre sus reconocimientos el Premio Radio Francia Internacional, obtenido en el Concurso Internacional de Cuentos Juan Rulfo (2001) por “La otra piedad”.
“Por eso mis personajes están siempre en ese filo”, dice al recordar cómo la precariedad y el límite del horario ferroviario se trasladaron a la fibra íntima de sus relatos. Aquel debut editorial fue un esfuerzo familiar: “Me costó horrores pagarlo, no tenía plata”.
Ese impulso inicial, sin embargo, nunca se organizó como método. “Lo de ser escritora me ocurrió como un accidente”, dirá más adelante. La escena del tren —ese último servicio que no podía perder— fue la forma concreta en que la escritura empezó a abrirse paso: sin planificación, casi como una urgencia.
Su vocación lectora nació en su infancia. Luego tuvo algún breve pasar por las aulas universitarias: “Comencé Letras, pero no pude seguir por la crianza de mis cinco hijos”. Creció en una casa de mujeres —madre, tía y abuela— donde el entretenimiento central era la lectura en voz alta.
Aquel desfile de páginas impresas en su casa de niña fue más que una actividad de placer, fue un sistema de circulación voraz dictado por la necesidad económica: “Como no había plata, eran libros sacados de la biblioteca… todos los teníamos que leer rápido para poder devolverlos”.
Esa dinámica generaba una presión singular: el libro solía estar apenas quince días en la casa y, en ese lapso, todas las mujeres de la familia debían terminarlo. Esa urgencia forjó en ella una avidez por la lectura que la perseguiría siempre.
En aquel entonces, la pequeña Laura habitaba un contraste literario permanente. Mientras la familia le acercaba títulos considerados propios para su edad como Azabache, Mujercitas o Alicia en el país de las maravillas, ella ya se filtraba en el mundo de los adultos. Con apenas 13 años, se “enganchaba” con los ejemplares de Julio Cortázar que circulaban por el living. También recuerda el impacto profundo de lecturas seleccionadas, como Mi planta de naranja lima y los cuentos de Juana de Ibarbourou.
“Leía, leía, leía hasta el punto de que me tenían que sacar los libros para que fuera a comer o a dormir”.
Laura Massolo consolidó su carrera con el Primer Premio Municipal (CABA) de Literatura por “La otra piedad”, galardón que le concedió el subsidio vitalicio del cual vive actualmente. Su relación con las distinciones porteñas comenzó con el Tercer Premio Municipal Ricardo Rojas otorgado a su debut, Al borde, y continúa hoy desde el rol de jurado, habiendo evaluado más de 400 libros en los últimos tres bienios bajo la convicción de que la “literatura es una música que se aprende”.
—¿Somos lo que leemos?
—Sí. Creo que esa premisa explica tanto mi formación como mi mirada actual sobre el oficio. Hoy mi mesa de luz sigue colmada de libros y mi curiosidad se mantiene intacta.
El accidente de enseñar a escribir
El paso de lectora a escritora fue lo que define como un “accidente”. Comenzó en un taller literario en el colegio donde iban sus hijos en Turdera. Entre sus compañeros figuraba un sacerdote que escribía historias medievales eróticas.
Casi por azar, la vicedirectora la convocó para dar un taller para chicos sin que ella tuviera formación previa. “Le dije: ¿Empiezo a dar el taller literario para chicos?. Pero no tengo la menor idea”, recuerda sobre aquel desafío que afrontó durante tres años. De esa experiencia surgieron convocatorias en el Centro Cultural de Adrogué y la Secretaría de Cultura de Almirante Brown. “Lo que nunca se me ocurrió es que yo era escritora; eso me sucedió como un accidente”.
Su carrera dio un salto mundial en 2001 al ganar el Premio Juan Rulfo entre casi 7000 aspirantes. El cuento ganador, que aborda la discapacidad de un hijo desde la experiencia personal, impactó a un jurado internacional, pero “en la Argentina el éxito fue diluido por el estallido del cacerolazo y la quiebra de editoriales”, menciona.
Sin embargo, los premios internacionales se convirtieron en su motor. “He ganado plata y la he gastado con concursos grandes que me gasté en viajes”, confiesa Laura. Hoy bromea con la necesidad de un nuevo galardón: “Si ahora me gano un premio voy a tener que arreglar el auto, que está desmantelado en el taller”.
Vuelve al Rulfo y su poca difusión, y agrega “fue muy frustrante, pero seguí escribiendo porque ya no puedo hacer otra cosa”. Esa dualidad marca su vida: mientras en España ha vivido “días de gloria increíbles” —donde cerraron restaurantes para ella y fue escoltada por soldados con tambores en ayuntamientos—, en la Argentina se define con ironía como “la escritora sin libros”, debido a la falta de ejemplares de sus ediciones extranjeras.
Ese reconocimiento, que a veces escasea en casa, estuvo en España. Allí, Laura protagonizó momentos que parecen de ficción, como cuando ganó el premio Miguel de Unamuno y recibió el llamado personal de Víctor García de la Concha, quien era director de la Real Academia Española (RAE).
Al llegar a la ceremonia en Salamanca, la retuvieron entre bastidores para protegerla de la prensa: “Me dijeron: ‘No los hago pasar todavía porque los van a molestar los periodistas’”. Al salir al escenario, la magnitud del evento la desbordó: “Los flashes que reventaban nos dieron un ataque de risa porque no estamos acostumbrados a eso, no es nuestro mundo”. La sorpresa fue total cuando, a la mañana siguiente, descubrió su rostro en la primera plana de todos los diarios de la ciudad mientras desayunaba en la plaza.
“Mecanismo delicioso”
“Me encantaría ir a escribir a París, en cafés o lugares con gente”, dice Massolo, quien vive en Turdera, en el sur del Gran Buenos Aires. Pero enseguida desplaza esa imagen hacia su propio territorio: “Aquí también suelo ir por Adrogué, sentarme a tomar un café, observar y escribir”.
La observación, en su caso, es el punto de partida de la escritura. No hay búsqueda explícita de historias, sino una atención permanente a lo que sucede alrededor. “A veces algunos parroquianos se sientan y en esa acción se dispara una historia. Hay muchos que no saben que, tal vez, por el solo hecho de sentarse en un bar ya son parte de algún cuento o novela mía”, cuenta.
En la literatura de Massolo, los personajes no se separan del territorio: lo encarnan. La espera, la repetición, los gestos mínimos se convierten en materia narrativa. Y en ese registro de lo cotidiano, la escritura encuentra su forma más persistente: la de observar lo que parece no tener historia, hasta que la tiene.
“Cuando escribo puedo entrar en trance y, con la inspiración, pierdo la noción del tiempo”. Ese estado, más que una metáfora, es una forma concreta de trabajo. “Escribo páginas y páginas de un tirón; después pueden quedar dos o tres, pero la idea ya está sobre la mesa. Me baso en lo real, a veces hiperreal”, dice, como si el punto de partida fuera una intensificación de lo vivido.
Después llega otro tiempo, más silencioso y exigente. “Soy muy prolija con la ortografía y la gramática. Corrijo con intensidad y rigurosidad varias veces”, afirma. La escritura, en su caso, se mueve entre el impulso y la corrección, entre la fluidez y el control.
Construye sus personajes moldeando las fibras más íntimas del sentimiento: “Tristeza busca la felicidad, como todos, pero lo hace en un foro —buscolafelicidad.com—, porque su vida real, la de Patricia Mabel Bello, es demasiado hostil y está atravesada por vínculos violentos: negocios ilegales, abuso, discriminación y muerte. En ese espacio virtual, en cambio, predominan los lazos de contención”, construye en la novela Buscolafelicidad.com.
Pensemos por un instante que nos quedamos solos y que nuestro único pasatiempo pasa a ser buscar filas interminables de bancos u organismos para triturar las horas muertas. Así transcurren los días de Vicente, el personaje de Sol menor de la escritora Laura Massolo, que se mueve ágil y liviana entre protagonistas que parecen siempre al borde y que algunas veces caen al abismo: hombres y mujeres en busca de piedad, otras veces. “Hay personas que hacen de la espera una forma de estar en el mundo”, dice la autora, como una clave de lectura de su obra.
“Vale la pena hacer la fila: las cosas que se oyen, a veces, son insólitas; a veces, tan absurdas que, en lugar de causar aburrimiento o fastidio, resultan interesantes para aumentar el patrimonio de las curiosidades humanas, ése que Vicente va coleccionando con la parodia de la espera hasta que le llega el momento del turno”, describe en Sol Menor, su última novela.
A pesar de haber transitado la novela con títulos como Sol menor —nacida de las largas esperas en las colas de la telefónica— y Buscolafelicidad.com, su gran amor es el cuento por su “mecanismo delicioso”.
“Es como poner en marcha una máquina que tiene su paradoja y su parte emocional”. Su proceso creativo se mueve entre el “trance” y la corrección técnica. “No tengo un único método: es lo que hay, es la idea, y cuando germina no puedo parar”. Tras ese impulso inicial de “páginas y páginas de un tirón”, aparece la correctora rigurosa que revisa la ortografía y la gramática con intensidad.
—¿A quiénes admira hoy como escritora y qué busca en esas voces ajenas?
—Admiro profundamente la inteligencia de la escritura de colegas como Samanta Schweblin, cuya capacidad para transgredir las fronteras de lo real me deslumbra. Es evidente que ella posee una luz y una técnica magníficas; hace que uno crea en mundos que no son posibles, algo que me impacta especialmente porque no soy afecta al género fantástico y, sin embargo, Samanta me deslumbra. También sigo con atención el trabajo de Gabriela Cabezón Cámara, Selva Almada, Santiago Craig, entre otros autores jóvenes.
Turdera
Desde hace casi 40 años, su lugar en el mundo es Turdera. Aunque nació en Temperley, en este barrio encontró la paz necesaria para criar a sus cinco hijos y escribir con tranquilidad. “Turdera en mi vida fue un milagro… me dio esa contención y la paz necesaria para poder escribir”.
Fiel a la premisa de su amigo Gustavo Nielsen, Laura sostiene que “solo podemos escribir de lo que sabemos”. Por eso, el tema de la enfermedad de su hija o las esperas absurdas en los bancos son la materia prima de su ficción.
Su obra es el registro de lo cotidiano que parece no tener historia, hasta que ella decide observarlo y darle una música propia. Al final, uno siempre vuelve a los libros para encontrar esa melodía que otros han logrado perfeccionar.
Massolo advierte que su obra comienza así: atenta a lo que pasa, incluso cuando no parece pasar nada, como si cada gesto —incluso el de quien lee estas líneas en un bar o en el último tren del día— pudiera, en cualquier momento, convertirse en literatura.
Trayectoria y reconocimientos
Autora de poesía, cuentos y novelas, Laura Massolo ha sido publicada en España, Brasil, México, Perú, Estados Unidos, Francia y Austria.
- Premios Principales: Ganadora del Premio Juan Rulfo (2001) y del Primer Premio Municipal de Literatura de la Ciudad de Buenos Aires por La otra piedad, distinción que le otorgó un subsidio vitalicio.
- En España: Obtuvo el Premio Tiflos por Si las ramas no alcanzan, el Premio Unamuno de Relatos (jurado presidido por Víctor García de la Concha) por El florero roto, y el Premio Gabriel Aresti, entre otros.
- Narrativa e Inicios: Su primer libro, Al borde, recibió el Tercer Premio Municipal Ricardo Rojas. Fue finalista del premio de novela negra “Extremo Negro” por Buscolafelicidad.com.
- Actualidad: Coordina talleres nacionales e internacionales y se ha desempeñado frecuentemente como jurado del Premio Municipal de Literatura (CABA).
