En el Día Mundial del Alzheimer, especialistas destacan avances en diagnóstico y tratamiento de la enfermedad neurodegenerativa más frecuente, que afecta a unas 500.000 personas en Argentina.
Cada 21 de septiembre, el Día Mundial del Alzheimer vuelve a poner en foco una enfermedad para la que todavía no existe cura. Este año, la fecha llega en medio de cambios que comienzan a modificar el panorama: análisis de sangre capaces de detectar biomarcadores vinculados con la enfermedad, medicamentos dirigidos contra mecanismos biológicos específicos y cascos de realidad virtual que permiten evaluar la atención de una persona en situaciones similares a las de la vida cotidiana.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 57 millones de personas vivían con demencia en 2021 y cada año aparecen casi 10 millones de nuevos casos. El Alzheimer es la forma más frecuente y representa entre el 60% y el 70% del total. El envejecimiento poblacional amenaza con multiplicar la carga sanitaria y social de estas patologías durante las próximas décadas.
De acuerdo con datos oficiales del Ministerio de Salud, la Enfermedad del Alzheimer (EA) se identifica por ser una de las patologías neurodegenerativas más prevalentes a nivel mundial, sobre todo en personas mayores. Es progresiva y se caracteriza por un deterioro cognitivo y conductual que interfiere significativamente con el funcionamiento social y ocupacional.
Si bien no hay cifras oficiales, las estimaciones médicas señalan que hay alrededor de 500.000 enfermos de Alzheimer en la Argentina. La enfermedad tiene una incidencia del 50% a partir de los 65 años, es decir, que hay un aumento exponencial a partir de esa edad, afectando más a las mujeres que a los hombres.
Una de las novedades más prometedoras está en algo tan habitual como una extracción de sangre. Durante años, confirmar las alteraciones biológicas características del Alzheimer exigió recurrir a herramientas especializadas, como estudios PET o el análisis del líquido cefalorraquídeo mediante una punción lumbar. Ahora, los biomarcadores sanguíneos abren la posibilidad de simplificar ese recorrido. En 2025, la FDA estadounidense autorizó el primer test sanguíneo destinado a ayudar al diagnóstico de la enfermedad en personas con síntomas de deterioro cognitivo. No funciona como un diagnóstico aislado ni está indicado como screening de personas sanas, pero marca un cambio significativo hacia estudios menos invasivos y potencialmente más accesibles.
¿Por qué importa detectar antes? Porque también comienza a cambiar el escenario terapéutico. A los medicamentos tradicionales destinados principalmente a aliviar síntomas se sumaron anticuerpos dirigidos contra la beta-amiloide, como lecanemab y donanemab, que mostraron una eficacia modesta para retrasar el deterioro en determinados pacientes con Alzheimer temprano. No son una cura y plantean obstáculos importantes: son costosos, requieren controles intensivos y pueden provocar efectos adversos. Pero introdujeron un concepto nuevo: intervenir sobre mecanismos biológicos de la enfermedad y no únicamente sobre sus manifestaciones.
La innovación también llegó a la consulta. El Hospital Italiano de Buenos Aires incorporó realidad virtual a la evaluación neurocognitiva y ya realizó más de 60 estudios. Con un casco, el paciente ingresa a escenarios inmersivos —en adultos puede ser un acuario virtual— donde debe cumplir consignas mientras enfrenta estímulos visuales y auditivos. Así se puede observar cómo sostiene la atención, selecciona información relevante, responde ante distractores o controla respuestas impulsivas.
“Una persona puede rendir adecuadamente frente a una hoja de papel y, sin embargo, tener dificultades para sostener la atención cuando aparecen múltiples estímulos al mismo tiempo”, explica María Cecilia Fernández, jefa de la Sección Neurología Cognitiva del Hospital Italiano. La especialista aclara que la tecnología no reemplaza a la evaluación neuropsicológica convencional: la complementa y permite acercarse a cómo funcionan esas capacidades en situaciones similares a las cotidianas.
Pero quizá uno de los cambios conceptuales más relevantes ocurra antes de llegar al consultorio. Las nuevas recomendaciones de la OMS sostienen que hasta un 45% del riesgo de demencia puede relacionarse con factores modificables. Entre ellos aparecen hipertensión, diabetes, tabaquismo, consumo de alcohol, inactividad física, aislamiento social y contaminación del aire. A esto se suma evidencia sobre otros factores, como el colesterol LDL elevado y la pérdida de visión no tratada.
“Estos hábitos saludables pueden modificar el riesgo incluso en personas con un mayor riesgo genético de trastornos neurocognitivos”, destaca Juan Ollari, jefe del Centro de Neurología Cognitiva del Hospital Británico. La prevención, entonces, comienza bastante antes de los primeros olvidos y convierte el cuidado cardiovascular, la actividad física, la salud auditiva y visual y los vínculos sociales en parte de una estrategia de salud cerebral.
Claro que olvidar dónde quedaron las llaves o tardar en encontrar un nombre no implica padecer Alzheimer. Carolina Alejo, psicóloga del Centro Los Pinos, marca una frontera práctica: los olvidos asociados al envejecimiento normal no deberían afectar la capacidad de desenvolverse en forma independiente. En cambio, perderse reiteradamente en lugares conocidos, comenzar a tener dificultades para manejar dinero, cocinar o utilizar el transporte público son señales que justifican una consulta.
Y aun después del diagnóstico queda una dimensión que ningún biomarcador puede medir. “Acompañar el deterioro cognitivo no significa hacer todo por la persona”, advierte Érika Robertone, psicóloga del Centro Los Pinos, sino buscar formas para que pueda “seguir participando, eligiendo, vinculándose y siendo reconocida en su historia”. Mientras la ciencia busca diagnosticar antes y retrasar el avance de la enfermedad, el otro desafío sigue siendo preservar, durante el mayor tiempo posible, autonomía, identidad y calidad de vida.
