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Kafka y la demencia de escribir cartas: un análisis de su correspondencia con Felice Bauer

Un recorrido por las cartas que Franz Kafka envió a Felice Bauer entre 1912 y 1913, donde el autor checo reflexiona obsesivamente sobre la escritura epistolar y sus efectos en su vida y su obra literaria.

Desde Ciudad de México

La lectura de Adiós a todo eso y la mención de las cartas de Kafka a Felice en un correo de un amigo llevaron al autor de esta nota a sumergirse en el epistolario. En la primera carta que Franz Kafka envía a Felice Bauer (septiembre de 1912) aparece un tema central: la mitad del tiempo habla de la escritura de cartas. En la segunda, una semana después, continúa haciéndolo: “No hago sino parlotear sobre mi carta anterior, en lugar de ponerme a escribir las muchas cosas que tengo que decirle”.

Las cartas pronto se vuelven diarias, y después dos o tres al día. Esas “muchas cosas que tengo que decirle” nunca llegan, pues Kafka sigue escribiendo sobre las cartas mismas. El autor enumera los temas principales de esta correspondencia: el recuerdo de haber recibido una carta; la necesidad compulsiva de escribir y recibir cartas; la hora a la que llegan; quiénes las entregan; cuánto tardan; los motivos para escribir; la densidad y extensión; la imaginación sobre la lectura futura; los sobres; la puntualidad del cartero; las dificultades y azares de los recorridos; las cartas perdidas; los sentimientos al leer; disculpas por no escribir más; invitación a escribir menos; exigencia de escribir más; sospechas de cartas perdidas; búsqueda en el edificio de posibles cartas no entregadas; el trabajo interrumpido por esperar o pensar en una carta; trastornos de salud asociados; disculpas por no responder preguntas; demandas de explicaciones por demoras; diferencias entre carta y conversación; posibilidades y maldiciones de la escritura epistolar; imposibilidad de escribir libros por dedicar el tiempo libre a las cartas; el papel utilizado; cómo escribir las respuestas; lo poco productivo de hablar de estos temas; hipótesis de por qué no se contestan; promesas de cartas posteriores; lamentaciones por días sin cartas; atención a la hora en que aparece el cartero; actitud del cartero; relecturas; insomnio; disculpas por obsesión; conteo de cartas prometidas versus recibidas; descripción de cartas no enviadas; almacenamiento y resguardo; contradicciones entre cartas; diferencias entre carta ordinaria, exprés, registrada y telegrama; inconvenientes de ir a Correos; y cómo hablar de cartas conduce al sufrimiento.

Erich Heller, en la introducción a la edición de Schocken, escribe que Kafka, sabiéndolo o no, comienza a escribirle a Felice “buscando en ella un refugio frente a la irrupción de su ‘irrealidad’”, y cómo las cartas “todo el tiempo están al borde de convertirse ellas mismas en literatura, mitificándolo todo, unas veces con una tristeza abismal, otras con un tono francamente cómico”. Elias Canetti, en El otro proceso. Las cartas de Kafka a Felice, sostiene: “No se trata de un epistolario trivial […], sino que está al servicio de su escritura. Dos noches después de su primera carta a Felice escribe ‘La condena’, de un tirón, en una sola noche, en diez horas. Se diría casi que con esta obra queda establecida su autoconciencia de escritor. […] Durante la semana siguiente surge ‘El fogonero’, y en el curso de dos meses, otros cinco capítulos de América. Durante una pausa de dos semanas en la composición de la novela, escribe La metamorfosis. Se trata, por consiguiente, y no solo desde nuestra perspectiva posterior, de un período extraordinario; son pocas las épocas que, en la vida de Kafka, puedan compararse con esta”.

La carta del 19 de noviembre de ese año deja pasmado al autor. Copia una parte: “Está muy bien el que pongamos fin a la demencia de escribirnos muchas cartas, ayer sin ir más lejos yo mismo empecé una carta sobre este asunto y te la enviaré mañana, pero […] ¿cómo debo explicarme el hecho de que, según tú misma dices, recibiste, o por lo menos te enteraste de que existía, mi última carta certificada el viernes por la mañana, y sin embargo no la contestaste hasta el sábado, y en tu carta del sábado dices que escribirás otra vez, pero no lo haces, y el lunes, en lugar de las dos cartas prometidas no recibo ninguna, y en el transcurso del domingo no me escribes ni una palabra hasta la noche, una carta que, bien es verdad, me hace feliz en la medida en que aún soy capaz de serlo, y, para terminar, incluso el lunes no me habrías escrito, ni más ni menos que no me habrías escrito de no haber yo telegrafiado, puesto que tu carta urgente es la única que tengo del lunes?”. En la misma carta, en una hoja adjunta, añade: “Ahora me doy cuenta de que en tu carta del domingo me prometías también sin falta carta para el lunes”. Canetti comenta: “La primera impresión que me produjo la lectura [del epistolario] fue de penosa perplejidad y de vergüenza”.

El autor continúa enumerando temas: la calidad de la letra manuscrita; la imposibilidad de usar máquina de escribir para la correspondencia personal; los esfuerzos para no aburrir o preocupar al destinatario; la posibilidad de posponer la lectura de cartas recién recibidas; la insuficiencia de las palabras para expresar sentimientos amorosos; las interrupciones durante la escritura; el grave estado de intranquilidad y las manías que ocasionan las cartas perdidas en tránsito; las cartas que llegan abiertas; la hora ideal para escribir una carta; la cantidad alarmante de horas empleadas; los lugares de escritura: oficina, casa, transporte público, escritorio, cama; los sueños que involucran cartas, telegramas u otras formas de comunicación instantánea; los buzones específicos en que se depositan las cartas. Y los temas se repiten una y otra vez en todas las variaciones posibles.

El autor se detiene en enero de 1913, tras haber leído solo las primeras 100 cartas de 500. Reflexiona sobre los personajes, sobre otros libros de Kafka, sobre la voluntad del autor de haber destruido esas páginas y sobre cómo este epistolario influirá en la relectura de su obra. Piensa también en el hecho mismo de una correspondencia, en su necesidad urgente, y en cómo esa necesidad se resolvería hoy. La incertidumbre de las circunstancias de su época –cartas demoradas, perdidas, traspapeladas, ineficiencia postal– crea una especie de momentum que deviene carácter. Esa incertidumbre le da su fuerza emocional: los momentos de espera, de no saber, llegan a volverse insoportables. “Publicadas en un volumen de 750 páginas, estas cartas testimonian cinco años de tortura”, inicia Canetti su postulado.

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