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Luciano Orellano: “Ellos están decididos a ir a fondo: no hay lugar para proyectos intermedios”

El dirigente político y autor Luciano Orellano sostuvo que las declaraciones de Javier Milei sobre Malvinas no constituyen un traspié diplomático sino un dispositivo de alineamiento con Estados Unidos. En una entrevista, analizó el contexto de guerra global, el modelo exportador y la situación de Santa Fe, y llamó a conformar un gran frente por la soberanía.

El dirigente político y autor de Argentina sangra por las barrancas del río Paraná y Nacionalizar el comercio exterior, Luciano Orellano, viene recorriendo el país, las universidades y los territorios desde hace más de una década con una discusión que define como incómoda: la soberanía entendida no como consigna de acto sino como control concreto del comercio exterior, los puertos, la flota y los satélites. Las declaraciones de Javier Milei sobre Malvinas volvieron a poner el tema en el centro. Para el referente del Foro de Recuperación del Paraná y del Encuentro Federal por la Soberanía, no fue un traspié diplomático: fue un dispositivo.

—¿Cómo lee el momento mundial y el lugar que ocupa la Argentina?

—Sin eufemismos: estamos en una etapa de guerra. Hay una disputa abierta de Estados Unidos y la OTAN con Oriente, y en particular con China, y todo el mundo parte de la hipótesis de que se va a dar en el Pacífico. Ahí la Argentina deja de ser un país lejano y pasa a ser una pieza, porque el paso bioceánico del sur es fundamental, y arriba de eso están los recursos: el mar, el litio, el agua, la Antártida. A Estados Unidos se le hace urgente un dispositivo militar, un lugar de carácter estratégico global. El alineamiento político del gobierno obedece exactamente a eso. Nos quieren meter en un dispositivo más de Estados Unidos en la perspectiva de una guerra global, y esa guerra la va a pagar nuestro pueblo.

—Las declaraciones sobre Malvinas fueron leídas como un gesto electoral de cara al 2027. Usted dice que son otra cosa.

—Son el ejemplo más claro. Fijate el viraje: 180 grados. Este es un gobierno que sobre la explotación petrolera en el área de Malvinas nunca dijo nada; sobre el saqueo del mar argentino, nunca dijo nada; está vaciando Tierra del Fuego, que es nuestra plataforma hacia el Atlántico Sur y la Antártida, con quince mil despidos. ¿Y de golpe aparece hablando de Malvinas? Cuando alguien calla donde hay que decir todo y habla donde conviene, hay que preguntarse a quién le está hablando. Malvinas es la base militar más grande del hemisferio sur, es un paso estratégico y son recursos. Acomodar el discurso al humor de Washington y de Londres no es resignar un reclamo simbólico: es aceptar el papel que nos asignan.

—En lo económico también está en discusión la soberanía argentina. Desde el gobierno responden con los récords de exportación.

—Y ahí está el verso del derrame. Festejan 57 mil millones de dólares de agroindustria, 14 mil de energía, 9 mil de minería, y proyectan llevar las exportaciones de 87 mil a 155 mil millones al 2035. Suena espectacular hasta que hacés la pregunta que nadie hace: ¿quién exporta? El 70 por ciento de la estructura productiva argentina está dentro de cadenas globales y es extranjera. Tenemos 105 puertos y en su mayoría operan empresas de afuera. Esa renta no se queda: termina en remisión de utilidades. Se llena el balde y el balde está rajado. Les hacemos el RIGI 1, el RIGI 2, el súper RIGI, no tributan casi nada, y a nosotros nos queda la deuda: aumentó 113 mil millones de dólares con este gobierno y hoy la neta es de 483 mil millones, 58 mil del Fondo.

—Récord de exportaciones y récord de deuda a la vez.

—No es una contradicción, es el mecanismo. Un modelo exportador excluyente tiene como principio bajar salarios, porque el salario es un costo y no un mercado. Por eso cayó a la mitad el poder adquisitivo, por eso cerraron 30 mil pymes y se destruyeron 300 mil puestos, por eso 18 millones de asalariados pasaron de consumir a sobrevivir. Es un modelo que lejos de igualar te desiguala. Brasil muestra que no es una fatalidad: su agroindustria emplea a 28 millones de personas y el petróleo con la industria naval le dejaron 250 mil empleos industriales, más una flota propia y capacidad de defensa. Hace poco llegaron a Rosario las barcazas de los astilleros brasileños. Nosotros ponemos el grano; ellos ponen el barco, el astillero y el soldador.

—¿Y Santa Fe?

—Santa Fe es el corazón del negocio y por eso del conflicto. Del cordón que va de Villa Constitución a Timbúes sale la mayor parte de las divisas del país. Ahora, en esos puertos, ¿exportan los santafesinos? No: exportan Cargill, ADM y Bunge, y con eso solo tenés cerca de la mitad. Está Dreyfus, está Cofco, está Glencore, que fue socia en Renova durante la estafa de Vicentin y hoy se llama Viterra, porque los piratas se cambian el nombre cada tanto. La provincia produce la riqueza y no la controla ni la ve.

—Le propongo una afirmación para que la discuta: cualquier proyecto político que no comprenda estos problemas —la guerra, el lugar que nos asignan, la soberanía concreta sobre el comercio exterior, la flota, los satélites, la inteligencia artificial— es inviable.

—Coincido plenamente, y sin ninguna soberbia. No hay manera de escapar a la guerra y a esta disputa sin soberanía concreta, y concreta quiere decir quién controla el comercio exterior y la vía navegable, si tenemos flota mercante y astilleros, si tenemos satélites propios, si tenemos desarrollo autónomo en inteligencia artificial y en energía nuclear, si formamos a nuestros científicos. Eso no es un capítulo del programa: es el programa. Un proyecto que no lo ubique se choca contra la realidad a los seis meses de gobernar, porque le van a poner la restricción externa arriba de la mesa y va a terminar administrando lo mismo con mejores modales. Y esto no se improvisa. Enfrente hay decisión: ellos están decididos a ir a fondo, no están negociando, están ejecutando. Frente a eso, un proyecto intermedio no sólo no frena nada: desmoraliza. Hay que hacer dos cosas al mismo tiempo: unir todo lo que se pueda unir para frenarlos y, a la vez, demostrar que es posible otra cosa, con un plan y con números. Si sólo resistimos, ganamos tiempo y perdemos el país igual.

—¿Qué rol le cabe ahí al movimiento por la soberanía que usted encabeza?

—Durante muchos años construimos dos cosas: un programa y un movimiento que sostiene ese programa. Un movimiento muy heterogéneo, con trabajadores, pymes, científicos, militantes ambientales, vecinos, dando la lucha en todos los terrenos. En un momento como este no podemos ocupar otro lugar que no sea aportar al armado de un gran frente que tenga como norte estas cuestiones. Abajo eso ya está: lo viste en la movilización por el Paraná, en cada pueblo que se planta contra la extranjerización de la tierra, en los Encuentros Federales por la Soberanía. Lo que todavía no encuentra demasiado reflejo es en las dirigencias, donde se discute mucho reparto de cargos y poco cómo salimos. A mí no me expliquen la interna: explíquenme cómo creamos cuatro o cinco millones de puestos de trabajo con la mitad del país en la pobreza.

—En la provincia hay una experiencia concreta de ese camino.

—Sí, y la reivindicamos. Ese camino en Santa Fe lo venimos recorriendo con compañeros como Carlos del Frade y con el Frente Amplio por la Soberanía, que puso estos temas en la agenda cuando casi nadie los quería tocar: el río, los puertos, las cerealeras, el poder económico, el trabajo nacional. Hoy esa experiencia encuentra la necesidad de ampliarse a escala nacional, de aportar ese recorrido y ese programa a algo más grande. Lo decimos con humildad y con convicción: sin eso es casi imposible pensar una alternativa real. Lo demás son espejitos de colores.

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