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El legado de Don Guillermo: tres generaciones al frente de un quiosco de diarios en Rosario

Guillermo Dehnof abrió el quiosco de diarios en Córdoba y Laprida en 1950. Hoy, 74 años después, su hijo Cacho, de 81 años, y su nieto Polo mantienen el negocio familiar en pleno centro rosarino.

Guillermo Dehnof abrió el quiosco de diarios en Córdoba y Laprida en 1950. Cuando murió, treinta y cinco años después, su hijo se hizo cargo del negocio que ya conocía muy bien. Hoy, con 81 años, sigue firme en su puesto pero no se encuentra solo: su mujer está al pie del cañón y uno de sus hijos trabaja con él, siguiendo el legado familiar.

Por la zona todos los conocen. Los Dehnof están allí desde hace mucho tiempo y el nombre Guillermo atravesó a las tres generaciones. Pero ellos no se acuerdan que se llaman igual: sus apodos son su identidad. El más joven, de 51 años, es Polo. Y Cacho, con sus 81 años, es el hijo que heredó todo de Willy, el fundador de la dinastía a mediados del siglo XX.

Sin embargo, hay un Dehnof que no trabaja en el puesto de Córdoba y Laprida. Exequiel, el hermano de Polo, migró del histórico espacio ubicado en la peatonal aunque no se alejó del oficio: tiene un quiosco de diarios en Dorrego y el río y cuando uno necesita alguna revista que su familia no tiene y viceversa hacen intercambio de mercadería.

Cacho, Rosalía y Polo, hijo de la pareja, están sentados en el quiosco mientras hablan con un cliente. La gente de la zona los conoce y algunos pasan y saludan. Otros se acercan y compran un diario, un cuaderno para colorear, unas figuritas. El día en una de las esquinas más neurálgicas de la ciudad transcurre entre charlas, mate y clientes.

La jornada empezó bien temprano cuando Polo salió a repartir los diarios en la zona que se encargan ellos, más o menos cuatro cuadras a la redonda, en pleno centro de Rosario. Después, lo de siempre: muchas horas sentados, con frío y, como dice Polo, «aguantando la parada».

«El quiosco fue una salida laboral que le ofreció su hermano a mi papá cuando él no pudo trabajar más donde lo hacía por problemas de salud. Cuando mi viejo compró el puesto en Córdoba y Laprida yo tenía cinco años. Ahí empezó todo», le contó Cacho a La Capital.

Cacho aprendió el oficio de canillita desde muy chico pero durante varios años iba y venía. Trabajaba en distintos lugares y mientras tanto lo ayudaba a Willy, su padre. «Me fui haciendo, trabajé en otros lugares. Pero nunca abandoné a mi padre. Lo iba a visitar y cuando él lo necesitaba yo iba más seguido y me quedaba más horas», declaró.

Polo era chiquito cuando su papá lo llevaba a él y a su hermano a visitar a su abuelo al puesto de calle Córdoba. «Nos encantaba. Mi abuelo tenía una Vespa y nosotros veníamos acá, él nos subía a la moto y nos daba vueltas por la plaza», rememoró quien ahora, con 51 años, continúa el legado.

Cuando Willy murió en 1985, Cacho tomó la decisión de seguir el negocio familiar. «Yo estaba acostumbrado a laburar con él. Y otra cosa era trabajar solo. Ahí tuve que acomodarme», recordó. Pasarían unos años hasta que su hijo se sumara al negocio.

Hoy el quiosco de diarios está abierto hasta las 14. Pero durante un buen tiempo trabajaron hasta las diez de la noche e inclusive llegaron a tener el espacio funcionando las 24 horas.

Cuando padre, madre e hijo hablan parece que están relatando otra ciudad, otro mundo. Recuerdan el quiosco de diarios abierto toda la noche, hombres que aparecían solos en la madrugada a comprar revistas para adultos, clientes de las whiskerías de calle Maipú que pasaban por allí antes de volver a sus casas. «Los clientes eran muy distintos a la mañana, tarde y noche», señaló Rosalía. Ella estuvo siempre ahí acompañando a su marido, llevando diarios y revistas de acá para allá. No por nada él la nombra como «La Patrona».

Charlar con ellos es entrar en un torbellino de recuerdos que entremezclan épocas, escenas, situaciones. «Los chicos venían cuando era el sorteo de la colimba. Compraban y leían acá si habían salido sorteados o no. Y siempre lo mismo: algunos se iban festejando, otros, con caras largas, agachaban la cabeza», se acordó Polo.

El quiosco lo vio todo: varias dictaduras militares, muchos mundiales de fútbol, la creación de la peatonal Córdoba, la transformación de un quiosco con techo y ventanas a uno abierto y a la intemperie, cambios en los horarios y hasta una pandemia.

Ante la pregunta de cuál fue el mejor momento Cacho y su mujer contestaron sin pensar: el Mundial de fútbol 78. «Había gente todo el tiempo caminando por la peatonal, una marea de personas que no paraba. ¿Viste como el velorio del Indio Solari el otro día? Bueno, así, durante días. Cuando terminó todo, con lo que habíamos ganado en esos días, nos pudimos comprar un Peugeot», contó ella.

Que el oficio está atravesando dificultades y momentos de cambio es innegable. No sólo hay diarios y revistas sino también alfajores, figuritas del mundial, muñecas, audiolibros, colecciones literarias, cuadernos para pintar.

Los Dehnof saben que el contexto es difícil pero no se achican, se la rebuscan. «Este lugar te da un plato de comida seguro y es una herencia familiar», aseguró Cacho. Y Polo agregó: «Capaz en el futuro cambia todo y tenemos que reinventarnos. Pero hagamos lo que hagamos nos vamos a quedar acá, en esta esquina».

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