Alejo Riveros, de 26 años, fue asesinado a martillazos y puñaladas en su barbería. Su familia convoca a una marcha este martes.
Graciela Castillo tiene un recuerdo luminoso: el día que acompañó a su hijo a inscribirse en la escuela de vuelo. Él quería ser piloto comercial, pero a sus poco más de veinte años lo que ganaba en su barbería de barrio Larrea no le alcanzaba para costear el curso. Ella, sin dudar, pagó la diferencia y el mismo día encargó el uniforme: pantalón gris, chaqueta blanca, corbata roja. Con el tiempo, el retrato de Alejo Riveros en el día de su graduación —sonriente y erguido en sus ropas de aviador— se convertiría en estandarte del reclamo de justicia por su asesinato, del que se cumplió un año.
Los padres de Alejo imprimieron esa foto en un banner casi tan alto como ellos que llevan a todos lados. El sábado pasado planeaban desplegarlo en una marcha frente a la barbería de Larrea que la lluvia obligó a suspender. La convocatoria se postergó para mañana martes, a las 19, en México y Juan B. Justo. Por el ataque alevoso, inmerso en una trama de celos y venganza, hay un detenido por un delito que prevé prisión perpetua. La familia del muchacho fallecido cree que hay más elementos por desentrañar.
Alejo tenía 26 años y era el segundo de cuatro hermanos. Terminó la secundaria en el Normal 2 y desde entonces sumó cursos y diplomas con la aspiración de convertirse en piloto. Se recibió de tripulante de cabina, de licenciado en turismo, hizo cursos de check-in, completó la carrera de aviación en una escuela de Funes y estudiaba inglés. “Él decía que un piloto tiene que saber de todo”, explican sus padres.
“La gente lo conoce como «Alejo, el barbero». Pero él era el barbero de un barrio que lo amaba. Era amigo de sus clientes, emprendedor, excelente hijo y amigo, era pura sonrisa y estaba lleno de proyectos”, describen a su segundo hijo Fabián y Graciela, ambos de 54 años. Cuentan que eligió el oficio de barbero porque le permitía manejar sus horarios para seguir estudiando y que destinaba sus ingresos a costear horas de vuelo. Trabajaba desde hacía siete años en un local que le había cedido su abuela paterna en México al 1200 bis, cerca del cruce con Juan B. Justo.
El crimen fue descubierto por su padre. El sábado 26 de abril del año pasado Fabián pasó por la barbería a las 6 de la mañana y advirtió la puerta entreabierta, la luz prendida, la moto de su hijo sin linga en la vereda. Al entrar encontró a Alejo en el piso, cubierto en sangre. Lo abrazó, sintió el cuerpo frío y supo que ya no había nada que hacer. Lo habían asesinado la noche anterior, al cierre de una jornada larga de trabajo. “Ese día había salido de casa a la mañana —recuerda Graciela—. Se fue cantando, tenía la agenda llena de cortes. Todavía no podemos creer por qué le hicieron eso, porque Alejo no peleaba, él resolvía las cosas hablando”.
Lo que pudo reconstruir la investigación en base a cámaras de vigilancia y testimonios es que el agresor rondó la zona desde las 19 y concretó el crimen a las 20.55. El último cliente contó que a las 20.30 entró un muchacho que saludó a Alejo cordialmente, como si lo conociera. “Hola, amigo”, le dijo, y se sentó a esperar. Al quedar solos, aprovechó un instante en que el joven le dio la espalda para recargar el termo en un dispenser y lo atacó a golpes en la cabeza con un martillo. La autopsia reveló que el primero le hundió el encéfalo y lo dejó inconsciente. Después de otros tres martillazos en la cabeza le asestó 35 puñaladas que le perforaron los pulmones. Del local no faltó nada. “Fue una monstruosidad, no entendíamos nada”, señaló la familia.
