En el barrio porteño de Belgrano R, una vivienda exhibe placas y carteles que la identifican como el ‘Principado de Escandinavia’, una entidad no reconocida oficialmente. Su propietario, Pablo Bañares, médico esteticista y emprendedor, explicó a LA NACION que se trata de una intervención recreativa y de seguridad.
En la avenida Melián, en el barrio porteño de Belgrano R, una casa exhibe una placa de bronce que la identifica como el ‘Principado de Escandinavia’. Escandinavia no es un país, sino una región del norte de Europa formada tradicionalmente por Dinamarca, Noruega y Suecia. No existe oficialmente un Estado reconocido con ese nombre.
En las inmediaciones, hay carteles con mensajes enigmáticos. Uno de ellos advierte: ‘Por seguridad, sus datos biométricos están siendo registrados por la cámara y, mediante la función de Bluetooth, estamos ingresando a su celular para obtener sus datos personales’. El mismo cartel indica: ‘Si usted no desea que esto se realice, por favor, mire sin pestañear a la cámara, levante el brazo derecho, mueva la mano hacia un lado y hacia otro y desconecte la función de Bluetooth de su celular’.
Otro cartel, ubicado junto al anterior, dice: ‘Arroje aquí las cenizas de su perro que tanto le gustaba cagar en este jardín’. En el buzón, un mensaje señala: ‘No inserte publicidades, solo cartas de amor, por favor’.
El responsable de la vivienda es Pablo Bañares, médico esteticista y emprendedor de moda, perfumes y café. En declaraciones a LA NACION, Bañares afirmó: ‘Trato de ponerle onda a la vida, empujo el carro un poco más hacia lo escenográfico para colaborar con la alegría de la gente’.
Bañares explicó su recorrido: ‘Pasé de embajador a cónsul y de cónsul a príncipe’. En 1995 compró una vivienda que bautizó como la ‘Embajada de Transilvania’, donde vivió 25 años. Luego se mudó al supuesto ‘Consulado del Ciberespacio’ en 2020, donde permaneció dos años. Antes de trasladarse a su residencia actual, el ‘Principado de Escandinavia’, en 2025, se alojó durante dos años en el Hotel Alvear, en la habitación 418.
Sobre el origen de las intervenciones, Bañares señaló: ‘Empezó por un tema de seguridad’, ya que al colocar un chapón que dice embajada, consulado o principado, se evita que las personas toquen el timbre por cualquier cosa y se supone que hay mucha seguridad.
Embajada de Transilvania
La primera vivienda que compró el médico, en la que se autodenominó ‘embajador’, está ubicada sobre la calle Mendoza, también en Belgrano R. La nombró Embajada de Transilvania. Contaba con una reja negra, una garita de seguridad, una bandera de la Unión Europea y carteles en alemán de ‘Frontera estatal, prohibido pasar’ o ‘Atención: prohibido el paso a los miembros de las misiones extrajeras de enlace’.
‘A esa casa le hice varias refacciones a lo largo de los 30 años que viví ahí’, señaló Bañares. Entre ellas, un segundo piso y una cúpula, la última que se construyó en Buenos Aires, según afirmó. ‘Tuve que llamar a los cupuleros que arreglan las de Avenida de Mayo, que hace años que no construían una’, detalló. Indicó que fue la única del país que se construyó afuera de la casa y se colocó ‘como una cereza arriba de una tarta’ con una grúa.
‘Aproveché que Transilvania no es un país, entonces puedo ponerle el nombre de embajada. Es un gris legal’, remarcó. La zona elegida para representar no es aleatoria: viajó a Transilvania, visitó los montes Cárpatos, donde se encuentra el castillo de Drácula, que en realidad lleva el nombre de Castillo de Bran, y aprendió la historia de Vlad III el Empalador.
‘Siempre coqueteé con la historia de Drácula, entonces le puse ese nombre’, recordó, y reconoció que gran parte de la fama que recibió la casa fue porque el vampirismo, aunque no existe, llama mucho la atención.
Consulado del Ciberespacio
Al divorciarse, Bañares cambió de locación: le dejó la embajada a su exmujer y a su hijo, y adquirió una nueva casa, en el mismo barrio, pero sobre la calle Tronador. Con el cambio, pasó a ser cónsul del ciberespacio. Eligió una vivienda blanca, con una enorme reja con alambrado de púas y agregó el chapón con la denominación institucional del edificio.
‘Anunciamos por redes que ya se podía tener título de propiedad de gigabits en el ciberespacio’, recordó entre risas Bañares, quien se mudó a la vivienda en el 2020 junto a su pareja Josefina Sempé. Agregó: ‘Una falacia, pero la gente estaba muy interesada en tener su título de propiedad’. Colocaron un cartel donde decía que los que se quisieran comunicar para adquirir el producto debían llamar entre las 8 y las 8.06 a un número que no existía. ‘Obvio que nunca cobramos; algunos se dieron cuenta de que era humor, otros se lo tomaron literal’.
Otra característica especial que tenía el consulado era una rayuela en la vereda. Medía 17 metros, lo que la consolidó como la más grande de Sudamérica. Un cartel desafiaba a los transeúntes: ‘No creo que usted pueda finalizar la rayuela’. El letrero logró que los niños, pero sobre todo los adultos que pasaban por ahí, sintieran la necesidad de completar el reto. ‘Llegaba a cualquier hora y siempre había alguien saltando en la puerta de mi casa’.
Tras vivir un año allí, quiso mudarse. Su principal motivo fue que la residencia estaba pegada a un colegio, y no soportó el ruido constante.
Fue entonces que decidió establecerse en su casa actual, el ‘Principado de Escandinavia’, ubicado sobre Melián.
Su principado actual
Al abrir la puerta de su hogar actual, en el que vive junto a Josefina Sempé, las vibras diplomáticas se esfuman, pero no así las excentricidades. ‘Soy un coleccionista de las mil boludeces’, declaró al mostrar su cocina, en donde están exhibidas tazas con los casamientos de todos los miembros de la monarquía inglesa. En el cajón guarda repasadores de sus viajes por todo el mundo.
‘Quiero entrar en el mundial de artes marciales que se hace en Seúl en marzo, ya me anoté’, aseguró y mostró en su pared una colección de espadas samurái. La cultura japonesa está presente en la decoración e ideación del hogar, con estilo Japandí, en el que predominaba una mezcla de estilo escandinavo y el japonés.
Sentado en una banqueta, frente a su piano vertical y un micrófono retro, contó que su casa se transformó en la sede principal de las juntadas entre amigos, que ‘vienen mínimo dos veces a la semana a practicar con la banda de rock, o a comer asados’. Para lograr convertir el hogar en un refugio y un centro de reuniones, el empresario modernizó el interior de la casa, sin tocar la fachada. Entre las principales modificaciones se encuentra la renovación del piso, que pasó de ser cerámico marrón a cemento alisado, una tendencia que vio en Japón; y la ampliación de la terraza, ya que sacó el pasto que había en un sector y lo transformó en habitable.
La mole, de 400 m² cubiertos, está dividida en tres pisos: en el subsuelo se encuentran dos consultorios médicos, que transformaron en oficinas, en la que trabaja Josefina ideando productos y branding para marcas. También hay un laboratorio de fotos, convertido en lavadero. En la planta baja están la cocina y el living. Y en el último piso, hay tres habitaciones y un sauna escandinavo. ‘Estaba esperando que se ponga en venta para comprarla, la esperé muchos años a esta casa’, afirmó, y resumió su principal premisa inmobiliaria: ‘Valoro la locación, y esta locación no me la podía perder’.
Mil ideas, mil planes
Al preguntarle cómo surgen sus ideas, no dudó: ‘Tengo siempre mil disparadores en la cabeza’, aseguró Bañares, ‘se me ocurren este tipo de cosas’. Y aunque sostiene que lleva a cabo la mayoría, hay algunos aspectos en los que se ve limitado.
‘Me limita el tema logístico; quiero poner un trineo con Papá Noel esquinado arriba del techo; si fuese millonario, lo haría’, explicó, pero en vez de conformarse, decide agregar lo que él considera como un diferencial, sobre todo en las fechas especiales.
Durante octubre, el principado se transformará por Halloween. Ataúdes, fantasmas y maniquíes se colarán en la fachada y convertirán el hogar en la casa del terror. Lo mismo pasará en Navidad, cuando decore con nieve artificial, renos y Papá Noeles. ‘Los chicos quieren venir a ver la casa’, confesó. Las excursiones turísticas que se realizan en Belgrano R, y que cuentan la historia del barrio, ya incluyeron su vivienda entre una de las paradas. Incluso, recibió currículums en su correo con personas interesadas en trabajar allí, o pidiendo recomendaciones para un viaje. ‘A nadie le molesta una casa así; todo lo contrario, suma’.
Aunque no sabe en qué deparará su futuro, su carrera no finaliza todavía. ‘Pasé de embajada a consulado, de consulado a principado y ahora me toca un reino’, explicó, mientras se ponía unos anteojos de sol de su marca, muy similares a los de Ben Stiller en la película Zoolander. ‘Ahora, quiero ser rey’, concluyó.
