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Los aplausos, una costumbre milenaria que se valora en la música popular y que irrita en la música clásica

¡Ah, los aplausos! Pensemos en cómo ese sencillo gesto de golpear las palmas, una contra la otra, repetida y rítmicamente, nos acompaña en casi todos los momentos de nuestra vida; al menos en el hemisferio occidental.

Hay aplausos para el cumpleañero después de que sopla las velitas, aplausos para el asador, para la pareja de recién casados que sale del registro civil, para el ciclista que atraviesa la última cinta de la carrera, y para el director de orquesta cuando ingresa al foso de un teatro lírico.

El público en el Festival de Música Baradero, durante un show de Los Nocheros. Foto Daniel Feldman

Hay aplausos al paso de un coche fúnebre que lleva los restos de una personalidad destacada, aplausos en la entrega de un diploma de estudios. Y así, innumerables situaciones más.

El origen de esta acción, que es siempre un gesto de reconocimiento, de admiración o de beneplácito, se remonta al comienzo de los tiempos, tanto que aparece mencionado en la Biblia.

No siempre los aplausos fueron espontáneos: las claques –el nombre que recibían los aplaudidores a sueldo– con sus correspondientes jefes, eran un fenómeno corriente en los teatros europeos durante los siglos XVIII y XIX, aunque también se sabe que existieron en las revistas musicales porteñas durante las primeras décadas del siglo XX.

Introduciendo con habilidad el batir de palmas -pero también las carcajadas o los gritos- en momentos elegidos de un espectáculo, se incitaba a los espectadores a hacer lo mismo.

Los aplausos son sin duda contagiosos y de este modo se promovía el éxito de determinados artistas.

Estos mismos artistas, o los empresarios de las salas, pagaban a la claque y se sabe que muchos jefes de este grupo de aplaudidores ganaron grandes fortunas con el oficio.

Escuelas de aplaudidores

Durante el siglo XVIII, y particularmente en Francia, las claques tenían una fuerte presencia bajo la forma de un cuerpo profesional organizado y concurrían a los teatros para influir en las respuestas de los espectadores.

Aplausos en los recitales de música popular. Foto: Shutterstock

Era un asunto muy eficientemente preparado y algunos aplaudidores estaban designados además para reírse con fuerza en las escenas de comedia, otros para derramar lágrimas en las escenas tristes e incluso para comentar sus apreciaciones sobre la obra con sus inocentes vecinos de butacas. .

Muchos siglos antes, el emperador romano Nerón fue famoso por su crueldad pero también por su afición a cantar frente a las multitudes. Se dice que su voz era aguda y débil y posiblemente por este motivo había creado una escuela de aplaudidores y formado una claque con miles de soldados que lo acompañaban en sus giras, digamos, artísticas.

¿Los aplausos pueden perturbar?

En 1835, el compositor Robert Schumann afirmaba su deseo de organizar conciertos para sordomudos, porque de este modo, decía, “aprenderemos de ellos a comportarnos bien mientras transcurre la música, sobre todo cuando lo que suena es muy bello”. Se refería, por supuesto, a la alteración sonora que provocaban los aplausos introducidos en cualquier momento.

Marianela Nuñez en el últimoa cto de «Onegrin», en el Colón. Foto de prensa

Vayamos ahora al terreno del ballet y a la más cercana actualidad. Durante la temporada 2025 del Ballet del Colón, la muy prodigiosa bailarina argentina Marianela Núñez –que forma parte desde hace largos años del Royal Ballet de Londres- fue invitada a encarnar el rol de Tatiana en Onegin.

Esta obra maravillosa creada por John Cranko en 1967 para el Ballet de Stuttgart, fue estrenada por el Ballet Estable del Teatro Colón en 1994. Luego se repuso, afortunadamente, durante muchas temporadas y tuvo grandes intérpretes –tanto argentinas como extranjeras- en el rol de Tatiana. La propia Marianela asumió ese papel en el Teatro Colón en 2016.

Es preciso dar algunos datos de contexto. El ballet Onegin está basado en la novela en verso casi homónima del autor ruso Alexander Pushkin y describe la historia de los amores desencontrados entre Tatiana, una joven que vive con su madre y su hermana en un medio rural acomodado, y Onegin, un hombre capitalino, sofisticado y cínico que llega a la casa de la familia de Tatiana y enamora a esta muchacha sin corresponderle.

Pasan los años y Onegin reencuentra casualmente a Tatiana durante una fiesta en la propia casa de ella, que ya está casada con el príncipe Gremin. Al verla, siente todo lo que ha perdido.

Vamos directamente al final del último acto. El príncipe Gremin se ha ido de viaje y Onegin se abre paso hacia el salón de Tatiana y le implora que huya con él. Sin duda, amores a destiempo.

Ella se conmueve profundamente y está a punto de ceder; pero sobre el último instante recupera las fuerzas y lo despide para siempre. La imagen final es la de Tatiana, de pie y sola en medio del escenario, quebrada por el dolor.

Marianela Núñez y Jakob Feyferlok, saludando al terminar la función de «Onegrin». Foto de prensa

Esta escena, aun habiéndola visto muchas veces, es difícil que no arranque lágrimas al público (es una experiencia personal pero también colectiva).

En la última función del ciclo de octubre pasado y por primera vez en tantos años, los espectadores comenzaron a aplaudir desde antes del final, cuando Tatiana aleja a Onegin de su vida. ¿A quién se dirigían estos aplausos? ¿Al personaje que vivía un momento desgarrador? ¿O a la propia persona de Marianela, muy reconocida mediáticamente durante la temporada?

Como fuera, el silencio emocionado de los espectadores que siempre, siempre, ha acompañado esta escena –seguido igualmente siempre, como es lógico, con una tormenta de aplausos apenas se cierra el telón- fue reemplazado por una expansión ruidosa que también tapó los últimos compases de la bellísima música de Tchaikovsky.

Los aplausos son contagiosos.

El consejo de Daniel Barenboim

En 2018 el gran pianista y director de orquesta Daniel Barenboim dirigió en Buenos Aires un concierto con obras de Johann Brahms. Los aplausos entre cada movimiento, es decir, entre cada sección de la obra, fueron más frecuentes que lo habitual.

Daniel Barenboim en su regreso a La Scala de Milán, en 2023. Foto EFE

Apenas terminada la primera parte, Barenboim se dirigió al público y amablemente le rogó que no aplaudiera antes de que la orquesta apagara completamente su sonido: “Sé que estamos todos muy emocionados”, dijo. “Pero, por favor, escuchen hasta el final”. Y explicó por qué es necesario no aplaudir entre movimiento y movimiento: “De uno a otro hay un cambio de tonalidad; si ustedes aplauden, esa relación se pierde”.

O como dijo el actor y dramaturgo francés Sacha Guitry: “Después de que se extingue el último sonido de un concierto de Mozart, Mozart sigue estando allí”.

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