“Hoy es un buen día para el Mercosur, un buen día para Europa y un momento histórico para nuestro futuro común” (Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea). Después de largos 25 años, llegó el momento de la firma y el Mercosur y la Unión Europea concretarán el primer paso del acuerdo más importante de nuestro bloque.
Tras la firma se abre un proceso político y técnico que todavía debe cumplirse: el acuerdo debe pasar por el Parlamento Europeo y luego por cada uno de los parlamentos nacionales de los países del Mercosur antes de entrar en vigor. En el mejor de los escenarios, podría haber una aplicación provisional de la parte comercial hacia el segundo semestre de 2026; en uno más realista, la vigencia efectiva llegará en algún mes de 2027.
Esos plazos explican por qué el impacto no será un shock inmediato. Pero al mismo tiempo señala algo menos evidente: aun sin estar vigente, el acuerdo ya empieza a operar como marco de referencia. Empresas, inversores y gobiernos comienzan a delinear un nuevo escenario de reglas, plazos y competencias.
Como ocurre con los acuerdos profundos, el efecto inicial no se mide tanto en flujos comerciales como en decisiones: qué se invierte, dónde se produce, qué cadenas se integran y cuáles quedan expuestas. En los hechos, la firma actúa como una “señal” y obliga a revisar planes.
No es casual que, en los países que lograron convertir acuerdos en crecimiento, el trabajo pesado se haya hecho antes de su implementación: identificar a los sectores ganadores, diseño de agendas de competitividad, adecuación de normas técnicas, fortalecimiento de agencias sanitarias, negociación con empresas y sindicatos y una diplomacia económica activa para captar inversiones.
Lo importante es que la Argentina tiene ante sí un mercado de más de 500 millones de personas con alto poder adquisitivo. Al mismo tiempo, debemos tener presente que el acuerdo contempla protecciones explícitas para determinados rubros industriales sensibles, con plazos de cinco, nueve o hasta quince años, según el sector. Nada va a ser inmediato, pero nadie puede detenerse.
Probablemente el beneficiario más temprano sea la agroindustria ya que el acuerdo facilita de manera concreta el acceso de la carne vacuna al mercado europeo. Hoy, una parte significativa de las exportaciones queda fuera de los cupos preferenciales (cuota Hilton) y enfrenta aranceles altos, lo que reduce márgenes y limita envíos. Con el nuevo esquema, una mayor proporción de la carne argentina podrá ingresar a Europa en mejores condiciones, con menores costos y mayor previsibilidad.
Según el Rosgan (Mercado Ganadero de Rosario), esto se traduce en un incremento directo de la rentabilidad exportadora y en incentivos claros para planificar producción e inversiones en un mercado que paga precios más altos, pero exige estándares elevados. El efecto no es solo comercial: al reducir la penalización arancelaria, el acuerdo fortalece la posición de la carne argentina en un destino premium y le devuelve previsibilidad a toda la cadena.
Como muestran los casos de Chile y Perú, el impacto no es solo exportar más, sino elevar estándares y atraer inversiones asociadas a esa “marca” de calidad, un desafío clave para la Argentina, especialmente en economías regionales donde el costo logístico pesa tanto como el arancel.
En la industria, y particularmente en el sector automotor, el acuerdo tiene efectos más graduales y defensivos, pero no por eso menores. Los plazos de desgravación son más largos, de hasta quince años — e incluso más extensos para vehículos de nuevas tecnologías de motorización que podrían prolongarse hasta los 25 años —, junto con esquemas de cupos y mecanismos de salvaguardia que reflejan el carácter sensible del sector para el Mercosur.
Esto le otorga tiempo a la industria regional para adaptarse, pero al mismo tiempo fija un sendero claro de apertura que introduce previsibilidad y redefine el marco competitivo. Es esperable una mayor presencia de vehículos y autopartes europeas en el mercado local a lo largo del tiempo, lo que eleva la presión sobre costos, productividad y estándares. No obstante, dada la complementariedad de la oferta esto no debería afectar negativamente a la industria argentina.
A la vez, el acuerdo abre oportunidades específicas de exportación industrial, en particular para segmentos donde Argentina ya cuenta con una especialización relativa regional, como pick-ups y determinadas autopartes, al mejorar las condiciones de acceso frente a competidores extrazona como Sudáfrica. El impacto no será inmediato ni homogéneo: el acuerdo actúa como un catalizador de decisiones de inversión, tecnificación y reconversión productiva, condicionadas al cumplimiento de exigentes estándares europeos en emisiones, seguridad, trazabilidad y sostenibilidad.
Otro frente sumamente significativo es el de la energía y la minería. Aquí el acuerdo no cambia de manera sustantiva los aranceles, pero sí algo decisivo para proyectos de gran escala: reduce la incertidumbre regulatoria y mejora la previsibilidad para inversiones de largo plazo. En un mundo que se reorganiza en torno a la seguridad energética y el acceso a minerales críticos, Europa busca diversificar proveedores fuera de Rusia y reducir riesgos de abastecimiento.
Argentina aparece mejor posicionada en litio, cobre y gas natural, y también en servicios asociados a esos complejos —ingeniería, construcción, metalmecánica, transporte y mantenimiento—. El impacto no se verá en exportaciones inmediatas, sino en financiamiento, asociaciones estratégicas y en el timing de las decisiones de inversión.
Y en este punto hay una diferencia clave: mientras el agro reacciona rápido porque produce y vende todos los años, la minería y la energía reaccionan por expectativas. Un anuncio que reduce el riesgo percibido puede destrabar un proyecto; un marco difuso puede congelarlo. En minería, el costo de oportunidad de perder tiempo se mide en ciclos de inversión que no vuelven.
En tanto, otro sector favorecido es el de los servicios basados en conocimiento, que dependen menos de aranceles y más de reglas claras, como software, ingeniería, servicios profesionales, creativos y empresariales El acuerdo incorpora disciplinas sobre comercio digital, protección de datos, movilidad profesional y compras públicas que facilitan la exportación de servicios de alto valor. Para una economía como la argentina, donde los servicios ya son un pilar exportador, este capítulo puede tener efectos más rápidos que en muchos sectores industriales tradicionales. Además, es un sector donde la escala se construye con capital humano y reputación, no con grandes plantas. La pregunta no es si hay oportunidades, sino si habrá condiciones para retener talento y escalar empresas que ya compiten globalmente.
El acuerdo Mercosur–Unión Europea no es un evento, es un proceso. No generará ganadores y perdedores de un día para otro, pero sí empezará a marcar diferencias entre los sectores que se anticipen y los que queden esperando. Algunos sentirán el impacto en meses; otros, en años.
Lo que ya es claro es que, aun antes de entrar en vigor, el acuerdo empezó a ordenar el tablero. Ese solo hecho no es menor porque obliga a mirar la competitividad con el espejo de un mercado exigente y a decidir si la apertura será una oportunidad construida o una amenaza para los conservadores.
